Ser profe en la FIO: un permanente desafío a mejorar el mundo, es en cierto sentido, un trabajo más. Dictar clases en la Universidad conlleva derechos y obligaciones, como cualquier empleo. Sin embargo, el día a día muestra que no se trata de una actividad rutinaria. Los desafíos cambian, los recursos no siempre alcanzan, los estudiantes invitan a mejorar cada día. Y así, aceptando el desafío, los y las docentes de la Universidad argentina construyen un perfil laboral que es irrepetible, único. A veces, con proezas épicas: otras, con historias mínimas, como las que cuenta esta nota en la voz de sus protagonistas, docentes de la Facultad de Ingeniería de Olavarría.
En 1969 el presidente argentino, de facto, era Juan Carlos Onganía. Sus ajustes económicos afectaban a las Universidades y en varias casas de estudio se desataron movilizaciones de sus claustros. Una de las más resonantes se dio en Corrientes, el 15 de mayo de ese año. La manifestación fue reprimida con dureza provocando, además de numerosos heridos, la muerte del estudiante Juan José Cabral.
En conmemoración de ese día en el que los y las docentes tuvieron un rol protagónico en el reclamo de sus derechos, cada 15 de mayo se celebra el Día Nacional de la docencia universitaria.
“Hay cosas que no aparecen en los relatos. Ser profesora en la Universidad te pone a prueba a cada momento”, afirma Viviana Colasurdo, docente de la FIO “desde siempre”, como ella misma relata. “Cada día aparecen pequeñas historias que hablan del compromiso, de ese vínculo que se establece con cada estudiante y es, por lo tanto, tan singular como lo es esa persona”.
¡Hay premio!
Alicia Gaisch tiene la responsabilidad de ser profe en una de las materias del primer año de Ingeniería. Es, por lo tanto, uno de los primeros rostros que ven quienes ingresan a la Facultad. “Soy consciente de eso”, dice, “porque también percibís todo lo que le sucede a esa persona: acaba de ingresar a un ambiente desconocido, donde además de aprender un montón de conceptos con frecuencia tiene que vivir en soledad, o no le alcanza la plata, extraña a sus amistades. Hay historias muy conmovedoras, y una va absorbiendo todo eso”.
Ser profe en la FIO, ante este escenario, salen a relucir las variantes más ingeniosas. “Un año veía que había un grupo desmotivado, que estaba teniendo problemas para entender”, evoca Alicia. “Con el equipo docente explicábamos los temas una y otra vez, pero el desánimo era visible. Entonces se me ocurrió proponer que para los que pasaran determinado puntaje, habría un premio especial. Fue algo que me surgió, ni lo pensé. Pero me desesperaba ver cómo les costaba engancharse, y se venía el parcial.
Bueno, la cosa es que el clima de estudio cambió por completo, se pusieron las pilas y el rendimiento mejoró de manera notable para el examen. Cuando entregamos las notas tuve que llevar una bolsa de ‘palitos de la selva’, no sé si esperaban otra cosa pero me lo agradecieron. Me quedó esa anécdota muy marcada porque eso es lo que somos los docentes, y esa es nuestra manera de enseñar”.
Hola, ¿con la familia Briquetas?
Mario Jaureguiberry es otro docente icónico de la FIO. Con varios años en la casa de estudios, conoce cada rincón y forma parte de su historia grande. “Para nosotros es común involucrarnos en la dinámica personal de nuestros estudiantes. Somos una Facultad pequeña y estar cerca del alumno es un valor distintivo que llevamos adelante con orgullo. Mandarle un mensaje a un alumno para ver si se inscribió es algo común, porque hablamos con ellos y les seguimos la trayectoria, está en nuestro ADN.
Ahora está el WhatsApp, pero yo he llegado a llamar por teléfono fijo a la casa de mis estudiantes para ver si se habían anotado a un final, por ejemplo”, recuerda Mario. “Tengo una anécdota muy divertida. Había un estudiante que se llamaba Marcelo Briquetas, o por lo menos eso era lo que yo creía. Un día le pregunto si se había anotado para el final y me dijo que sí. Pero cuando reviso la lista de inscriptos el día anterior no lo encontraba. Así que lo llamé a la casa, para decirle que no estaba inscripto. Ese día me enteré que el apellido era González, y Briquetas era un apodo que le habían puesto los compañeros. Tenía la tez oscura y Briquetas era una marca de carbón. Por suerte me aclaró que él mismo bromeaba con el tema, ¡metí la pata por tratar de cuidarlo!”.
Aprender enseñando
Alejandro Miserantino tiene la particularidad de ejercer la profesión de ingeniero a través de su propia empresa, y al mismo tiempo desempeñarse como docente en la carrera de Ingeniería Civil. Sentarse a charlar con él es adentrarse en un mundo infinito de anécdotas del mundo universitario. “Recuerdo una especialmente que significó un punto de inflexión en mi rol como profesor. Tenía que examinar a una estudiante francesa que estaba haciendo un tramo de sus estudios en nuestra Facultad. Yo era consciente de que una desaprobación le significaba tener que quedarse más tiempo en Argentina, pero mi obligación moral era comprobar sus conocimientos sobre la materia. Entra al examen y le digo ‘Por favor explicamos los diferentes sistemas de contratación’, que era un tema central de la materia. Se quedó dura, como si hubiese sufrido un shock. Balbuceaba algunas pocas palabras en castellano pero no arrancaba. Así que empecé a hablar yo y el resto de los docentes de la mesa examinadora, de a poco fuimos armando una conversación. Le preguntábamos cualquier cosa, sobre su vida en el país, cómo la había pasado. La fuimos llevando hasta que se serenó, recuperó el equilibrio y empezó a mostrar sus conocimientos. ‘Hablá de lo que sepas’, le decíamos, y la chica se fue soltando. Su castellano era pobre, pero se le entendía. Al rato de hablar le pregunto ‘¿y de sistemas de contratación qué sabés?’. Respondió con solvencia, parecía una persona diferente que la de minutos antes. Esa historia fue muy importante para mí”, afirma Alejandro, “porque aprendí que en instancias de examen es importante crear un entorno amigable para el alumno, de manera que pueda sacar lo mejor de sí. Desde entonces cambié mi forma de examinar, ahora voy midiendo cómo respiran, el tono de la voz, y solo cuando estoy seguro de que se sienten cómodos arranco a examinar. Eso es algo que hacemos acá, en la Facultad de Ingeniería. No sé cómo será en otras Universidades, pero me resulta raro pensar que se establezca este vínculo tan personalizado como hacemos acá”, cierra el ingeniero Miserantino.
La Celestina de Química
Ser profe en la FIO, en referencia a aquellas historias vinculares a las que refería Viviana Colasurdo, evoca cuando “estábamos organizando comisiones para trabajar en el laboratorio. Por razones didácticas habíamos establecido un número máximo de tres personas por comisión. Pero había un grupo de cuatro amigas que insistían en trabajar juntas. Les decíamos que no, pero insistían, no querían dejar a una de ellas por fuera. Viendo que el asunto no se resolvía, armamos dos comisiones con dos chicas en cada una. No les gustó nada esa manera de resolver el tema, seguían enojadas. Entonces, como para calmar las aguas, les dije que si llegaba un chico lindo, un príncipe azul, se lo íbamos a mandar a una de esas comisiones para completar la terna. Quiso el destino que a los dos días llegara un chico, pidiendo que le asignáramos una comisión porque estaba solo. ¿Cómo terminó la historia? El chico se puso de novio con una de las chicas, la que había estado más enojada. Con el tiempo se casaron, ¡y cada vez que la cruzo ella me recuerda que hice de Celestina!”. La reflexión que le ha quedado a Viviana es que en la Facultad olavarriense es tal el acercamiento entre docentes y estudiantes que “se dan estas cosas. Les cambiás la vida enseñando y, a veces, el destino te da la oportunidad de incidir de otras maneras. Ese intercambio no tiene precio”.
24 x 7
El relato de Silvia García de Cajén, profe histórica en la FIO y ahora una de las referentes en perspectiva de género, es más reciente. De la época de pandemia, precisamente. Acompaña su relato con un gráfico que podría representar cómo se comportan algunas partículas, o quizás los virus que tanto nos tuvieron en jaque. Pero no es así. “Corría 2021 y durante el primer cuatrimestre me corresponde desarrollar la asignatura Metodología de la Investigación Didáctica para profesores que cursan la Licenciatura en Enseñanza de las Ciencias Naturales. Preparé mis clases, rearmé materiales especiales ya que con el contexto pandemia no tendría posibilidad de encuentros presenciales. En fin, como hicimos muchos profes de la FIO”, cuenta Silvia.
“Pero se me ocurrió una idea. Me dije: la Metodología es enseñar procedimientos y los procedimientos se aprenden haciendo. Así que transformé la materia para enseñarla en el sentido Formación por Competencias y así, haciendo, tendría sentido y significado el aprendizaje. Claro que formar por Competencias en la Investigación implica la responsabilidad de estar junto y muy atento a las necesidades del ‘aprendiz’. No me asustaba, allí estaría cuando lo necesitaran. Eran 12 profesoras y profesores en ejercicio, con sus obligaciones familiares y laborales, abocados al estudio de la asignatura y al desarrollo de una investigación durante 4 meses. Era entendible que estudiaran en el momento que pudiesen, generalmente cuando la casa se acallaba. Y así se entusiasmaron, trabajaron excelentemente y lograron generar conocimiento de alto impacto”.
“La historia son esos puntitos….Esos puntitos representan para solo 3 (de los 12 del grupo) la frecuencia y los horarios en que me demandaban preguntas para seguir con sus trabajos. Primero del mediodía a tipo las 18 hs., pero a medida que se metieron más y más en el trabajo los horarios se fueron extendiendo a las 22, a las 00, a las 01 o más. Esos puntitos representan las preguntas de esos 3, pero eran 12, eso implica muchos más puntitos en realidad, basta multiplicar por 4. No hubo noche que no les contestara al momento. No podía dormir sabiendo que alguien esperaba mi respuesta para seguir con su trabajo. Quizás es un poco loco, pero quien sabe lo que es ‘ver los ojos de un alumno que pregunta en el aula’, conoce cómo se transforman cuando pueden encontrar respuestas. Yo no tenía oportunidad de ver esos ojos. Pero aun con mis ojos cerrados por el sueño, estiré mi mano y respondí. Así fue que me sentí enseñando… ¡en sesión trasnoche!”.
Cada día es nuestro día
Ser profe en la FIO, así con anécdotas pequeñas, también se construye en la FIO el rol docente. Este 15 de mayo habrá un momento para rememorar las luchas docentes, para repensar la educación como motor de un país mejor. Y el lunes volverán los espacios compartidos. Las consultas y los consejos. Las bromas y los encuentros. Esas cosas que pasan en la FIO y solo en la FIO, en sus pasillos amplios y en sus verdes que inspiran. Con la escala que todavía es humana, y la historia que respalda.

